Una de las ultimas veces que
estuve en casa, el farmacéutico del barrio de Alicante donde crecí me dijo cuando le informe de que vivía en Holanda desde
hacia 4 años: "se están yendo los mejores". A mi esa frase no esconderé
que me entristece y enorgullece a partes iguales. Se bien que no soy uno de los
mejores españoles, ni de los mas listos ni mejor preparados que cada día dejan España
o que visita las paginas de empleo en Europa soñando con irse.
Solo he tenido bastante
buena suerte o muy mala, depende del día.
El día del cumpleaños de mi
madre o el de la muerte de mi abuela, o en el que mi sobrino dio su primer paso
en el mundo, el día en el que a mi mejor amigo le dejó su novia, o cuando mi
familia me llama los domingos desde el restaurante en la playa donde se están
comiendo la paella, ese día pienso que tengo muy, pero que muy mala suerte.
El día en el que el vigésimo
octavo ex compañero de colegio, instituto o universidad me escribe buscando
trabajo o consejo sobre como buscarlo en el extranjero, o cuando leo que el
gobierno destina dinero publico a remodelar la tumba de Franco, el día que un amigo
mas se va al paro o a Londres a trabajar fregando platos para aprender ingles
teniendo una carrera y un master, ese día pienso que tengo mucha mucha suerte.
Suerte por haber decido sin
querer y sin pensarlo desde muy joven que quería salir de España, aprender
idiomas, ver el mundo y ganar toda la experiencia que la vida pudiese
ofrecerme. Hoy, gracias a ello, tengo un trabajo fijo en el que aprendo cada día
y no tengo miedo a empezar de cero en cualquier lugar del mundo.
Antes cuando vivía en Italia, y
Berlusconi estaba en el poder, era fantástico decir que era española. Me
miraban con envidia, deseaban mi suerte, me admiraban.
Será tal vez que durante mis
tres primeros años allí, cuando la ley del matrimonio gay, del gobierno
igualitario, de un presidente que daba discursos de memoria y sin citar a nadie,
que concedía entrevistas a dominicales y que promovía la libre expresión
aunque fuese en contra suya, que decía cosas como que hacia un trabajo para el
que estaba seguro muchos españoles estaban capacitados, mis amigos italianos,
la mayoría de izquierdas, estaban artos de la corrupción y la poca vergüenza de
su presidente.
Me decían con envidia, repito,
envidia, que tenia suerte de poder decir que era española, ya que
ellos se avergonzaban en el extranjero al decir que eran italianos.
La vida da muchas vueltas,
algunas tremendas.
Hoy, en Holanda, soy yo la que a veces se avergüenza cuando dice que es española y veo la cara de pena que se le pone
al interlocutor dos segundos antes de soltar el clásico: "las cosas están
muy mal por allí verdad?" o cuando
tengo que soportar la bromita numero ochocientos sobre el desastre de nuestra economía
y de como el norte esta salvando al sur, además de que por momentos acabo cual
Juana de Arco española defiendo el honor del pueblo español enterito que no
tiene la culpa de tener un gobierno tan inepto... espera, o si que la tiene? no
se, la verdad que ya me he acostumbrado y lo único que hago ahora es decir que
mi familia esta bien, como si una peste asolase al país pero al menos los míos
aun no están infectados, gracias por preguntar.
Durante todos estos años siempre
pensé que volvería, siempre. Que me casaría en España, tendría hijos allí y me retiraría
a tomar el sol en alicante, que para algo nací allí.
El año que viene me casare en
Holanda, tendré hijos si puedo, que serán medio extranjeros (a no espera que la
extranjera soy yo, disculpar que todavía
me confunda) y si tengo suerte y llego a vieja, espero morirme en casa, en
Alicante.
Porque si, después de tantos años
y aunque todas mis cosas están en mi casa en Holanda, cada vez que voy a
Alicante a visitar a mi familia, siempre digo, de manera automática, que voy a
casa, aunque ya no lo sea y aunque ya no sepa si algún día volverá a serlo.
